KILÓMETROS DE CELULOIDE (Y II)
Aston Martin DBS, Ford Mustang GT 390, Plymouth Fury 1958, Ford Gran Torino Sport 1972 y Checker Marathon. Cinco máquinas. Cinco coches míticos que fueron inmortalizados en la gran pantalla y que forman parte de nuestros sueños. Llega la segunda parte del repaso a nuestros coches favoritos del cine. Ajústense los cinturones, dejen las palomitas a un lado y apretemos el acelerador para hablarles de otros cinco modelos con protagonismo en el Séptimo Arte.
Plymouth Valiant 1971 El Plymouth Valiant de 1971 es uno de los grandes héroes de la historia del cine... y uno de los olvidados. Este carismático modelo, conducido por Dennis Weaver intentando escapar del oxidado y homicida diablo sobre ruedas -un camión Peterbil 281 de 1955- es todo un clásico del cine, aunque la película (cuyo título original era Duel, luego trasladado al español como El diablo sobre ruedas), fuera concebida originariamente por Steven Spielberg para la televisión. Su color rojo brillante, escogido por el director para que resaltara mejor frente a los colores ocres del desierto, su imagen de fragilidad frente al espeluznante camión... y su capacidad de aguantar todo tipo de ataques le hacen merecer el título de automóvil más sufrido de la historia del cine... con sacrificio final incluído.
Tucker Sedan 1948 Una joya de la automoción. El Tucker Sedán de 1948, del que sólo se produjeron 51 unidades es la plasmación absoluta del sueño de un hombre -Preston Tucker, promotor y dueño de la empresa del mismo nombre- y de cómo la (cruda) realidad de un mercado controlado por grandes corporaciones puede dar al traste con el mismo. El Tucker y sus diferentes variantes tuvieron una vida larga. Nada menos que de 1959 a 1982. Su efigie llegó a ser tan típica de Nueva York como el Empire State o el Rockefeller Center. Francis Ford Coppola inmortalizó (en Tucker, un hombre y su sueño) la lucha épica del fabricante de este super-avanzado vehículo para la época: perímetro envolvente anti-choque, un motor de prestaciones y concepción muy superiores a las de sus competidores de entonces, una luz central a lo cíclope que se orientaba según la dirección de las ruedas... Todo hecho para luchar contra las Big three las tres grandes empresas de la época: General Motor, Ford y Chrysler.
DeLorean DMC-12 El Delorean -llamado así también como modelo porque su fabricante, DeLorean Motors Company, sólo llegó a sacar un vehículo-, este DMC-12, que fue inmortalizado como singular máquina del tiempo en las sucesivas entregas de Regreso al futuro. Si bien el primer prototipo apareció a finales de los 70, lo cierto es que la producción del mismo solamente se realizó durante un año (de 1981 a 1982), hasta que la empresa quebró y su promotor, John De Lorean, fue arrestado acusado de tráfico de estupefacientes, aunque posteriormente fuera exonerado de todos los cargos. Sus puertas de alas de gaviota, su carrocería metálica de acero inoxidable y el resto de detalles de su espectacular y único diseño -concebido por el célebre italiano Giorgetto Giugiaro-, le aseguran ya un lugar propio en la historia... y hay noticias de que, posiblemente, el DMC-12 vuelva a fabricarse, con cuentagotas, de la mano de un empresario norteamericano.
Ford Mustang Mach 1 Atención: ¿quieren saber quién es uno de los pocos coches que ha tenido tratamiento de estrella en una película? Pues nada menos que Eleanor, el nombre que se le concedió a esta auténtica maravilla de Ford Mustang Mach 1 de 1973 para su participación en el film Gone in 60 seconds. Este nombre, además, se hizo extensivo tanto a la secuela como al remake -60 segundos-, realizado en el año 2000 sobre las peripecias de un ladrón de coches que ha de robar 50 potentes vehículos en menos de un día, interpretado por Nicolas Cage. Con todos los respetos a Angelina Jolie, la verdadera belleza de esta película volvía a ser Eleanor, esta vez una adaptción de un Mustang de 1967.
Jaguar MK VIII 1957 Si todo es simbología en Vértigo (De entre los muertos) una de las más grandes películas de la historia del cine -colores, palabras, sueños, interpretaciones-, la misma no podría dejar de empapar a todo lo que aparece en dicha película, coches incluídos. Si la de Bullitt es la mejor persecución jamás filmada, el seguimiento que hace el detective privado ‘Scottie’ Ferguson de la misteriosa Madeleine Elster, al suave ritmo del score de Bernard Herrmann es una joya para todos los amantes del cine. Hermann ya acompañó con su composición (la última que hizo), los recorridos nocturnos en su Checker Marathon de Robert de Niro en Taxi driver. Volviendo al filme de Alfred Hitchcock, Kim Novak, que encarna a la fantasmal Madeleine, recorre las calles de San Francisco al volante de un Jaguar MK VIII de color verde mientras que el detective, encarnado por James Stewart, la sigue en un Desoto Firedome Sportsman Hardtop Coup del 56, de color blanco. Su periplo, a medio camino entre el vagabundeo sin rumbo fijo -de ella-, y la obsesión de él por intentar entender una realidad que se le escapa, configuran una persecución automovilística que más parece una cortejo. Finalmente, y por si alguien dudara del simbolismo que tienen los coches en esta película basta con ver el coche de la tercera parte del triángulo. El de la aburrida solterona Midge (papel interpretado por Barbara Bel Geddes), eterna pretendiente de Stewart, que tiene un convencional Volkswagen... de color gris.
En total, el repaso ha acudido a diez coches míticos, a diez referencias que se han convertido por derecho propio en protagonistas de nuestros sueños... cinéfilos.
KILÓMETROS DE CELULOIDE (I)
Son auténticas estrellas sobre cuatro ruedas. El celuloide los ha inmortalizado con más fuerza, en muchos casos, que cualquier actor o actriz de carne y hueso. Son los coches más míticos de la historia del cine: desde los Aston Martin coche por antonomasia de la saga cinematográfica de James Bond, hasta el mítico Mustang que usaba el no menos mítico Steve McQueen en Bullit, pasando por el maléfico Plymouth rojo y blanco, encarnación del mal en la terrorífica Christine. Os invito a un paseo a toda velocidad por los automóviles más famosos de la historia del séptimo arte. Seguro que el recuerdo de estos modelos también les retrotrae a esos filmes donde “actuaban” y con los que todos gozamos.
Aston Martin DBS En este repaso que haremos por algunos de los coches más famosos que han aparecido en la historia del cine empezamos con una absoluta joya que aparece en la saga cinematográfica más longeva de todas. Hablar de James Bond y no hablar de su mítico Aston Martin sería arrebatarle uno de los rasgos característicos del personaje ya inmortal creado por Ian Fleming, al igual que su licencia para matar o su martini “mezclado, no agitado”.
El nivel de sofisticación de los sucesivos modelos fabricados por la casa británica que ha ido conduciendo el más famoso agente secreto de la historia, así como los gadgets que durante décadas han ido acumulando gracias a las habilidades de Q (el científico que trabaja para los Servicios Secretos de su Real Majestad y que durante tantas películas interpretó el inefable Desmond Llewelyn), o a las generosas partidas presupuestarias de los sucesivos M -el jefe de Bond, ahora jefa desde Goldeneye en 1995- le convierten en el auténtico precusor del paradigma de “coche fantástico” -ya saben, mucha tecnología para luchar contra el mal-.
Desde el Aston Martin DB5 de Goldfinger (1969) hasta el último DBS con el que se abre Quantum of solace -seguido frenéticamente por un Alfa Romeo 159 en una espectacular persecución-, han convertido a este modelo en el icono cinematográfico por excelencia.
Ford Mustang GT 390 Otro modelo mítico. No importa la cantidad de neumáticos quemados y rollos de película gastados. Sin lugar a dudas, la mejor persecución jamás filmada en el celuloide es la que Steve McQueen protagoniza en Bullitt, dirigida por Peter Yates en 1968. El increíble hecho de que hayan pasado 41 años le da un valor mayor a esta secuencia mítica, protagonizada por un Mustang GT 390 conducido por Steve McQueen, y un Dodge Charger, conduciendo como alma que lleva el diablo por las empinadas calles de San Francisco (y también por las afueras de la ciudad). Sin efectos especiales de ningún tipo ni ordenadores que impongan su “magia digital”. Todo real. Pura adrenalina. Puro cine de acción. Dos modelos míticos de coches para una escena que ya es historia del cine... gracias a estos coches.
Plymouth Fury 1958 Para adrenalina, la que hace desprender el Plymouth Fury del año 58, rojo y blanco. Toda una maravilla clásica... con una buena dosis psicopática bajo el capó. Christine es una novela de Stephen King llevada a la gran pantalla por John Carpenter, sobre el proceso de transformación de un adolescente en una especie de cómplice al volante de un coche poseído por las fuerzas del mal. En su día causó más de una pesadilla y sirvió para hacernos mirar con otros ojos las líneas clásicas de los coches americanos de los años 50 (una de las obsesiones de King, a las que volvería en su novela Buick 8) y, sobre todo, para poner en valor este raro y hermoso modelo clásico estadounidense, del que apenas se fabricaron 3.000 unidades por parte de la marca filial de Chrysler de este modelo en el año 58.
Eso sí, pese a su mal carácter, Christine era capaz, tras sus furiosos ratos homicidas, de “curar sus propias heridas” y restaurarse de manera milagrosa: toda una alegría para las compañías de seguros.
Ford Gran Torino Sport Centrémonos ahora en un coche que ha sido noticia hace poco gracias a una excelente película del maestro Clint Eastwood. La impresionante última versión del Torino de Ford, un coche que dejó de producirse en el año 1976, es el protagonista de la última película de Harry el Sucio, en la que el vehículo se convierte en el símbolo de una serie de ideales estadounidenses que el protagonista lucha por mantener dentro de su barrio multiétnico y conflictivo.
Además de tratarse de una de las pocas películas con nombre de vehículo, el Gran Torino es todo un homenaje a una década -la de los 70-, y a un coche que fue un éxito de ventas a lo largo de sus casi siete años de existencia en todas sus versiones y que conoció las mieles del éxito en el circuito deportivo NASCAR. Es curioso que en la película, no se viera conduciéndolo a un viejo lobo como Eastwood. Una pieza de museo.
Checker Marathon Turno ahora para los taxis en esta breve recopilación. Y seguro que no hay ninguno más memorable que el típico cab neoyorquino de líneas clásicas, redondeadas, con su cenefa ajedrezada recorriendo sus laterales y que en el cine (a pesar de ser “actor secundario” en muchas películas), materializa el ansia de justicia del protagonista de Taxi driver, un insomne Robert de Niro, que conduce por la Gran Manzana de madrugada y se da cuenta de que lo que había contemplado en Vietnam, durante la guerra, es un juego de niños comparada con la corrupción nocturna de su ciudad.
Sin embargo, este modelo tampoco ha sido perdonado por la crisis: la compañía de Michigan, Checker Motors, se tuvo que acoger a la bancarrota en enero de este año, tras 87 años de existencia.
Más allá del aluvión de premios que consiguió la cinta de Martin Scorsese en 1976 y la excelencia de la obra (sustentada en un guión excelso de Paul Schrader, una dirección magnífica de Scorsese y unas interpretaciones de vértigo), queda para el recuerdo la imagen de este Checker Marathon rodeado de oscuridad, con las luces de la ciudad reflejándose en su carrocería y envuelto por la música del genial Bernard Hermann.
Cinco coches. Cinco películas. Cinco formas de ver un mundo a través de vehículos que también han hecho posible construir el sueño del cine.
Hace diez años 1.963 salas estadounidenses estrenaron El club de la lucha, un filme que contaba con el binomio Fincher-Pitt, artífices de la excelente Se7en, pero a la que un tímido arranque taquillero (apenas once millones de dólares el primer fin de semana) y una carrera un tanto irregular que se estancó en los 37, en gran parte debido a críticas bipolares, la convirtieron en un relativo fracaso. Hoy, esta película maldita merece culto absoluto.
Me lío la manta a la cabeza y cito algunas frases para tratar de definir lo que es una peli de culto: “El término película de culto hace referencia a un tipo de cine que atrae a un pequeño grupo de devotos o aficionados o un filme en concreto que sigue siendo popular con el paso de los años entre un pequeño grupo de seguidores. Con frecuencia la película no llega a alcanzar el éxito en su estreno [...]. Algunas veces la respuesta de la audiencia a una película de culto es algo diferente a lo que pretendían los creadores. Es normal que una película de culto presente elementos inusuales”. No hay duda de que El club de la lucha lo es. Verla el día de su estreno, sin tener ni idea de por dónde iban los tiros, fue un fascinante zarandeo emocional e intelectual que lamentablemente pocas veces se puede disfrutar como espectador. No ha envejecido porque, estrenada hoy, seguiría siendo relevante, polémica y malinterpretada.
Eso sí. Es triste ahondar sobre esta malinterpretación. “Nihilista”, “fascista” y “anarquista” fueron muchos de los agrios epítetos propinados a la película a su paso por el Festival de Venecia el año de su estreno. Mientras Newsweek tachaba su final de “demasiado pretencioso”, el Boston Globe insultó de manera sutil a “una propuesta chispeante e imaginativa que acababa deviniendo en tremenda estupidez” y el gurú Roger Ebert (Chicago Sun-Times), que le atribuyó “cierta visceralidad y fuerza” acabó por describirla como “un viaje disfrazado de filosofía carente de interés real”. Y lo de The Hollywood Reporter fue tan sangrante que la Fox (productora del filme) se dio de baja como anunciante en sus páginas. En España la crítica no la trató mejor y, mientras El Mundo la etiquetó como “pretenciosa gilipollez”, El País no fue más complaciente, ya que calificó el resultado de “canto fascista al salvajismo”. El director David Fincher, que sabía que su proyecto estaba maldito desde el primer momento, no lo veía así: “¿La idea del fascismo no es decirnos ‘Este es el camino que debemos seguir’? Pues bien, mi película no podría estar más lejos porque no ofrece ningún tipo de solución”.
¿Qué decía la gente? Pero pasemos de los críticos, que suelen ser bastante falibles. La gente es lo que importa y la gente no fue a verla en la medida que pintaba el cartel. A saber: todo un Brad Pitt, algo desnortado tras los resbalones de la infumable ¿Conoces a Joe Black? y Siete años en el Tíbet (proyectada en el cine que hay al fondo en el escena en la que Jack, el personaje interpretado por Edward Norton mete en el autobús a Marla, carácter encarnado por Helena Bonham-Carter); un Norton, en todo lo alto tras estrenar ese mismo año Rounders y American History X; y un director imprevisible aunque revolucionario como Fincher.
Material de partida La novela que supuso el debut del mecánico Chuck Palahniuk (Nana, Asfixia, Fantasmas) -erigido ahora en cronista de la oscura trastienda norteamericana, a la que suele retratar a base de sarro y moho-, escrita enteramente a mano, en ocasiones sobre el portafolios de los encargos de su taller, fue bailando de despacho en despacho hasta que la división indie de Fox vio potencial.
Antes que a Fincher le ofrecieron el pastel a Peter Jackson, Bryan Singer y Danny Boyle. Todos pasaron. Además, en una realidad alternativa Tyler Durden (el personaje interpretado por Pitt) podría haber tenido la cara de Russell Crowe; Jack, la de Matt Damon o Sean Penn, y Marla Singer, la de Courtney Love, Winona Ryder o Reese Witherspoon.
El guión lo reescribieron tres veces Fincher y el novato Jim Uhls, y, una vez dentro, metieron mano los no acreditados Pitt, Norton, el director Cameron Crowe y el guionista de Se7en Andrew Kevin Walker (en cuyo honor tres de los detectives de El club de la lucha atendieron a los nombres de Andrew, Kevin y Walker). Cinco versiones depués (un año más tarde), el libreto ya estaba listo. Y además, con el beneplácito de Palahniuk, que apreció la racionalidad que los cineastas le habían imprimido, entendiendo que su planteamiento literario era un poco (demasiado) alegórico para trasladarlo tal cual a la pantalla grande. Eso sí, se sintió honrado de que las provocaciones homoeróticas de su obra original (Norton con una pistola dentro de la boca en la escena de apertura de la cinta, los insertos con genitales masculinos y Pitt dándose un baño delante de éste mientras discuten sobre el destino de su vida) se mantuvieran en la película con el objetivo de incomodar a la audiencia. Y así fue.
Las cosas no salen Sin embargo, cuando una película parece maldita, se gesta con problemas y quien te paga no está contento con el resultado, las cosas no van a salir bien. Era la historia de un pinchazo anunciado. Fincher, una vez dado el OK, se negó a rodar con el presupuesto inicial cerrado en 23 millones de dólares (Pitt finalmente se embolsaría 17,5 y Norton, 2,5 en concepto de sueldo) y la cosa se disparó hasta los 67 finales. Visto el montaje final, el estudio quiso atenuar las previsibles pérdidas cambiando la concepción promocional que daba vueltas en la cabeza de Fincher, según la cual el póster promocional debía limitarse a la posteriormente icónica pastilla de jabón rosa (jabón que, ¡atención spoiler para quien no la haya visto!, era empleado para fabricar explosivos). Los gerifaltes le contestaron que, contando con el guapo Brad, eso estaba fuera de lugar. La cara del esposo de la Jolie debía estar en todos los carteles. Y así fue. La dura competencia con los blockbusters veraniegos de ese año (La amenza fantasma, El sexto sentido, Toy Story 2, Austin Powers 2) y la reciente masacre del instituto Columbine hizo que el estreno se retrasara hasta el 6 de octubre de 1999, en el que hizo un pírrico número uno, pero número uno al fin y al cabo. En España, estrenada el 5 de noviembre de ese mismo año, llegó a amasar 2.910.000 euros, el equivalente a 4.400.000 actuales, lo que se espera que recaude, por poner un ejemplo, Los sustitutos; y congregó a 745.742 espectadores en toda su carrera comercial, un poco más de la mitad de lo que ha hecho Ágora en su fin de semana de debut. Migajas.
Pero, amigos... Aquí es donde viene el remonte. Suele proclamar a voz en grito todo villano fílmico de postín que los genios siempre son incomprendidos en su tiempo. Sería la perspectiva que dio el paso de los meses la que propició que la cinta dejara de considerarse demoniaca o quizá la edición del DVD doble que supervisó directamente Fincher (experiencia visionaria y precursora que le hizo ganar multitud de premios al mejor DVD del año, entre ellos el de Online Film Critics Society y el de Entertainment Weekly) la que clarificó la metáfora de la violencia como ruptura con la sociedad de consumo en que vivimos, heredada directamente de nuestros padres, que en un principio nadie pareció entender. Los beneficios derivados de la venta y alquiler de copias domésticas alcanzaron los 55 millones de dólares, mostrándose como uno de los más exitosos de toda la historia de la 20th Century Fox, hito que sirvió para que que una inversión inicialmente ruinosa llegara a dar un beneficio neto final de más de 10 millones de dólares. Ni Fincher se lo creía.
Justicia cósmica Hoy por hoy, El club de la lucha está donde se merece, en un pedestal. Por valiente, por ser un entretenimiento controvertido pero saludable y por haber conciliado a la crítica (que ahora sí habla maravillas del filme) y al público, aunque haya sido diez años después. IMDB la sitúa como la décimo novena mejor película de todos los tiempos, sólo superada por tres obras más modernas (El caballero oscuro en noveno lugar, El retorno del rey en el décimo tercero y Ciudad de Dios en el décimo séptimo). Además, Total Film la nombró en 2007 Mejor Película desde 1997, la revista Empire la posicionó en 2006 como octava mejor película de todos los tiempos (sus lectores encumbrarían a Tyler Durden como el mejor entre 100 personajes cinematográficos históricos) y Premiere diría en 2007 que la vigésimo séptima mejor frase jamás pronunciada en el cine era: “La primera regla del Club de la Lucha es que no se habla del Club de la Lucha”.
En ocasiones es grato que una televisión local, en este caso Visión 6 Televisión (de Albacete) nos proponga para pasar la sobremesa con una película y si es un western de los de toda la vida con todos los ingredientes que han hecho grande a este género, mejor. Y si es con John Wayne, ¿se puede pedir más?
Bien es cierto que Chisum es rara avis en el universo de las "pelis de vaqueros" que a finales de los 60 ya estaba “contaminado” por la influencia del spaghetti western, pero el filme, dirigido por Andrew V. McLaglen, hijo de uno de los actores fordianos (de John Ford, se entiende) por excelencia, ofrece aún argumentos de sobra para considerarlo un pequeño clásico del que podremos disfrutar desde el salón de nuestra casa.
McLaglen fue ayudante de dirección del maestro Ford, y también de Bud Boetticher, otro de los grandes del género, hoy casi olvidado. De su proximidad a estos notables realizadores, McLaglen junior sólo obtuvo una enorme pericia profesional en la puesta en escena, aunque su talento distaba mucho del que poseían ambos maestros. De todas formas, en su larga carrera cinematográfica ha tenido éxitos de taquilla gracias a su buen pulso narrativo y a su indudable capacidad para contar historias, cono ocurre en Chisum, e incluso al margen del western, como en Patos salvajes.
El argumento de Chisum nos lleva por lugares comunes: un viejo marshall vuelve a su poblado tejano, donde se encontrará con el banco robado, el sheriff asesinado y un sospechoso de esas tropelías que resulta ser su propio hijo. Lo mejor de la película es su tono clásico, con las habituales constantes propias del género, en una historia que resulta deudora de algunas de las mejores cintas del Oeste. La mejor baza para ello es, que duda cabe, la aparición del viejo John Wayne, convertido ya por aquel entonces en un mito viviente, creador de un personaje arquetípico, un pistolero de vuelta de todo que se ve obligado a enfrentarse constantemente con revólveres hostiles. A destacar la música, que es obra de Elmer Bernstein, especialista en el género. Recuérdese, sin ir más lejos, su legendario tema principal para Los siete magníficos.
Se apagan las luces de la sala. Tras los spots y trailers de rigor, el logo de Walt Disney. Tranquilos, la peli es de Pixar. Éxito asegurado. Supongo que la calidad también. La primera satisfacción llega con el corto con el que nos deleita este estudio con cada estreno. Especial, emotivo, humorístico. Me gustan estos chicos y sus pajarillos para nada ñoños. Empieza la función, la gente se calla pero aún se oye el gruñir de las palomitas y el sorbeteo de los refrescos. ¡Maldición! ¿Para cuándo una ley que prohiba el hacer ruido mientras se come en el cine?
Las primeras risas afloran en el patio de butacas, mientras espero el primer bofetón de buen cine. Llega pronto. Una escena, un travelling, un hecho desencadenante y una mirada a través de un cristal. ¿Cuántos directores han querido captar esas sensaciones en el cine de carne y hueso y se han visto incapaces? Ellos lo han conseguido con unos cuantos trazos, un dibujo achatado y una paleta de colores. El gran cine ha llegado pero lo mejor está por llegar.
A continuación aparecen más personajes y la historia se va desarrollando. Homenajes al gran cine mudo de los Lloyd, Chaplin, Keaton, Arbuckle. ¡Dios, qué gozada! Las risas saltan por doquier, los comentarios de la gente asustan. Siete eurazos la entrada. Siete eurazos de gran inversión.
Llegamos a un punto en el que te das cuenta de que el filme ya no es de dibujos animados, es algo más. Trasciende a la categoría en la que han querido meterla. No es cine infantil, no es entretenimiento. No es ni comedia, ni drama, sino todo lo contrario. La música (apunten este nombre, Michael Giacchino) instila gotas de dulces melodías y reiterado compás que una vez que sales del cine, aún tienes en la mente. Sencillamente deliciosa. Absolutamente magistral.
Llega el final de la película y empiezas a pensar que es lo mejor que te puede pasar viendo una película. Abundas en lo que te acaban de servir, buscas preguntas y te las respondes. Intentas meterte en el personaje, viviendo su felicidad primeriza, razonando los por qués de su angustia y su soledad, preguntándote por qué la vida puede ser tan perra cuando algo te falta. Pero el ejercicio de vivir es lo que queda, es lo que nos mantiene, valga la redundancia, vivos... y según Pixar, según Pete Docter y John Lasseter, vale la pena. Brindemos por ello.
Una vez en casa revivo la película, me veo reflejado en ese viejete, el señor Fredricksen, y tan sólo aspiro a vivir la mitad de experiencias que ese dibujo animado ha realizado en 90 minutos de celuloide. La película (no, aún no lo había dicho), es Up. Si no la han visto, corran a hacerlo. Seguro que me lo van a agradecer.
Séptima de las realizaciones de un David Lean ya familiarizado con la profesión (previamente había realizado obras tan estimables como Breve encuentro, Cadenas rotas u Oliver Twist), Amigos apasionados es una película que interesa por las influencias que toma de otros éxitos del cine de aquella época al tiempo que se detecta el interés de Lean por familiarizarse con determinados elementos expresivos del lenguaje cinematográfico.
Con un cuadro técnico que incluye nombres tan prestigiosos de la cinematografía británica como Oswald Morris o Ronald Neame, la película cuenta con un elenco interpretativo de nivel comandado por la la bella y personalísima Ann Todd, el siempre eficaz Trevor Howard y el extraordinario Claude Rains, que logra en todo momento capitalizar el interés de la acción cuando se encuentra presente en la misma. El juego de miradas entre los tres personajes en medio de la trama, la disposición de los actores, el montaje y el tono elegíaco de la música de fondo, ofrece lo mejor y más emotivo de una película que nunca fue estrenada en España en cine pero sí en televisión.
El argumento del filme (que parte de una novela del conocido escritor H.G.Wells), responde en buena medida a un patrón bastante extendido en el cine británico de aquel momento. Con él se pretendió emular el éxito de Breve encuentro, elemento que se acentúa fundamentalmente en ese rasgo de crónica cotidiana de una relación amorosa caracterizada por el pudor y el respeto a unas convenciones sociales. Al mismo tiempo la película sorprende por esas situaciones iniciales en las que de alguna manera se juega con los tiempos de la misma, retrocediendo hasta el origen de un romance que en algunos contados instantes parece querer desafiar el paso del tiempo. Y es que una de las limitaciones de la película estriba en la frialdad que caracteriza su desarrollo, aunque el pulso narrativo de Lean compensa con creces el resultado final.
En cualquier caso, Lean juega entre el melodrama que sabía cultivar con éxito y el suspense psicológico de forma en ocasiones desconcertante. En otros momentos se atreve incluso con audacias narrativas como insertar en la pantalla la expresión de un deseo.
Apuntes de maestría Todo ello comporta un conjunto de variable interés, muy interesante en unas ocasiones e irregular en otras. En cualquier caso, Amigos apasionados se revela como una apuesta en la búsqueda de un éxito comercial, dentro de los parámetros de la segunda mitad de los años 40, y aún hoy día una producción que conserva todo su atractivo. Para más tarde, una década más o menos, David Lean gestaría algunas maravillas como Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago o El puente sobre el río Kwai... Eso es otro cantar. Eso es jugar en otra liga.
Hoy una de terror. Tras el estimulante remake que de Las colinas tienen ojos hizo en 2006 Alexandre Aja, debemos echar un vistazo a la versión original de 1977, segundo trabajo Wes Craven y, sin duda uno de los filmes de terror más importantes de los 70. Puede que algunos de sus elementos más escandalizadores hayan sido superados, y que su estética sea anticuada, pero es difícil imaginar el impacto que causó en la época de su estreno, cuando se presentó ante un público que no estaba acostumbrado a tal género de depravaciones y que todavía tenía muy fresco el estado de shock causado por La matanza de Texas (1974), innegable prima hermana de esta película.
La trama puede resultar harto conocida, pero para aquel entonces no era algo tan común: en un viaje por carretera hasta California, la familia Carter (padre, madre, un hijo, dos hijas y el esposo y bebé de una de estas) comete el fatal error de desviarse por un paraje desértico de Arizona para ver unas antiguas minas de plata que el patriarca Carter acaba de recibir en herencia. Lo único que encuentran es un fortuito “accidente” que los pone a merced de una familia de caníbales liderados por una especie de mutante producto de radiaciones atómicas. Estos salvajes han vivido durante años apartada de la civilización, depredando a los incautos que se atreven a acercarse a sus dominios, y tras efectuar una masacre en la familia Carter, obligan a los supervivientes a convertirse ellos mismos en monstruos. El lema publicitario del filme no dejaba lugar a la duda: “los afortunados mueren primero”.
Aunque es cierto que de vez en cuando tiene unos bajones alarmantes, lo cierto es que Wes Craven continúa siendo un perfecto ejemplo de lo que es un autor de género. En Las colinas tienen ojos toca un tema que se ha vuelto recurrente en su filmografía: la disolución y ruptura de la familia, así como la insalvable brecha entre las generaciones mayores y las más jóvenes. De hecho, no es casualidad que la película comience cuando Ruby, la más joven y “normal” del clan de los caníbales, esté manifestando sus deseos de escapar de su bestial clan. Al mismo tiempo, la familia Carter tampoco se nos muestra de una manera muy positiva, sino más bien como una pandilla de egoístas. Ambas familias están regidas por figuras paternas autoritarias y castrantes, y ambos padres terminan decretando la ruina de sus respectivas parentelas. El final, punto climático de este enfrentamiento, es un desahogo de violencia y brutalidad, una explosión de ira acumulada que da a la historia un desenlace aún más macabro. Hoy es difícil encontrar un final así sin que nos metan algún tipo de moralina.
Las colinas tienen ojos es un perfecto ejemplo de ese cine de terror que se hizo durante los 70, que no solamente se atrevía a mostrar sangre y escenas violentas sino que las ponía al servicio de un comentario sobre la condición humana más que interesante. Quizás sea la principal diferencia entre aquellos slashers y muchos de los de ahora.
BULLITT: EL ENCANTO DEL POLI MODERNO No es sólo la formidable persecución entre el Dodge y el Mustang en las calles de San Francisco. Bullitt es la película modelo de la mayoría de los policiales modernos y el modelo sobre el cual se formarían filmes como Harry el sucio o series como Starsky y Hutch. Es también interesante para reflexionar sobre el grado de decadencia que ha sufrido el género policial en los últimos años. Hollywood ha bastardeado el género, principalmente por dos factores: incluir exagerados pasos de comedia y el abandono de fuentes literarias. Todos los filmes policiales de hoy parecen clones. Todo es rutina. Pero entre fines de los 60 y principios de los 70, el policial era otra cosa. Era cine de ideas y atmósferas, de suspense, de personajes tridimensionales. Esos filmes no tenían romance o comedia. Se dedican a seguir y explorar al personaje central, y están filmadas del modo más realista posible.
Hay mucho más en común entre Bullitt y Harry el sucio de lo que uno cree. Si bien Don Siegel es un director original, es indudable que tomó mucho de los criterios de Peter Yates para su film. Está San Francisco, la partitura de Lalo Schiffrin, los planos alejados, los personajes lacónicos, las largas secuencias sin música, el héroe rebelde. Quizás lo que le falta a Bullitt es más carisma.
La cinta dirigida por Yates en 1968 es una película abrumadoramente lacónica. No hay muchos diálogos, y los que hay son breves. Es cierto que la trama tampoco es demasiado densa pero ello contribuye a generar una excelente atmósfera. El espectador termina por atender otras minucias, pequeños detalles que hacen a los personajes. Por momentos parece un documental. Lo interesante es que todos los trucos del director se basan en la expresividad de Steve McQueen, que aquí ofrece una de sus mejores interpretaciones. Es sorprendente lo que hace con tan poco diálogo. Gestos naturales, un par de frases que definen su personalidad, una actitud silenciosa, inteligente, desconfiada. Es obvio que el filme no sería lo mismo con otro actor.
Si bien las actuaciones van de muy bueno a excelente, el guión tiene un par de agujeros pero el clima del filme hace efectivo pensar en el mundo violento donde Bullitt se desenvuelve, y los largos silencios sirven para potenciar tanto las escenas dramáticas como las de la acción. El poder de impacto del filme está intacto.
Y por supuesto está la larga y memorable persecución en San Francisco. Es la primera escena de su tipo, filmada de un modo moderno, con planos traseros de los autos, velocidad y notable tensión. Lo que más impresiona de la escena es que está filmada sin música ni diálogos, y la única banda sonora es el rugido de los motores de los dos coches. Pero además el tono es acorde al del film; hay actuación en medio de la persecución. Los asesinos se lamentan, se meten en aprietos en el tráfico, se preocupan; Bullitt observa, decide.
Bullitt sigue siendo una película notable, un verdadero clásico. El primer policial moderno que, a 40 años de su filmación, no ha perdido su carisma.
TERMINATOR SALVATION: CITA CON LOS CYBORGS ASESINOS Algo cambió en el cine de ciencia ficción en 1984. En aquel año, la estrella del posteriormente famoso y laureado James Cameron se encendió para no decaer en las dos décadas siguientes. The Terminator, escrita y dirigida por el realizador estadounidense en ese 1984, se ha convertido en una película de culto para los aficionados al cine de ciencia ficción. Y también de la acción. El Terminator 101 T-800 diseñado por la empresa Cyberdyne Systems, con el rostro pétreo e inexpresivo (marca de la casa) de Arnold Schwarzenegger, era enviado desde el futuro para evitar la llegada al mundo de John Connor, el hombre que lideraría la resistencia de los humanos en un mundo controlado por las máquinas.
Desde entonces queda claro que Terminator es imparable, siempre vuelve, y en efecto, veinticinco años después, con Schwarzenegger convertido en gobernador de California, las máquinas siguen persiguiendo a John Connor, el líder de una resistencia abocada a sobrevirir incluso a un Juicio Final, aunque la acción se sitúe en 2018. Y al frente de todo ello Christian Bale, que cuelga (de momento, puesto que se promete tercera entrega) la capa de Batman para embarcarse en Terminator Salvation, un proyecto por el que en principio no tenía demasiado interés.
A fuego lento “Me fui convenciendo a fuego lento”, confesaba el actor galés durante un encuentro con la prensa para presentar la película en Estados Unidos, donde se ha situado de inmediato en los primeros puestos de la taquilla. “Fue un proceso largo, sobre todo para hacerme una idea en mi mente de la película que yo, como espectador, querría ir a ver al cine, y que generase la misma expectación que yo sentí cuando vi Terminator 2: el Juicio Final”, añade Bale.
Sobre su papel de John Connor, el protagonista de El caballero oscuro tenía claro que debía haber evolucionado bastante tras el paso de los años: “es más mayor y ya ha pasado por el día del Juicio Final”, desarrolla Bale. “Vivir un acontecimiento semejante altera a cualquier individuo, así que en muchas cosas es una persona completamente diferente”.
Christian Bale tuvo claro desde el principio que “esta es una película muy diferente a El caballero oscuro en todos los aspectos; allí queríamos empezar de cero y aquí abrazamos por completo la mitología de la franquicia”.
Terminator 2: el Juicio Final, también dirigida por James Cameron, se estrenó en 1991 y se convirtió en un fenómeno de taquilla global. La historia se retoma después de que Sarah Connor (Linda Hamilton, en esos años, esposa de Cameron) fuera recluida en un hospital mental y su hijo adolescente, John Connor (interpretado por Edward Furlong), tiene que defenderse del sofisticado T-1000 (Robert Patrick), un robot de metal líquido capaz de adoptar cualquier forma que Skynet, la computadora que desencadenará el ataque de las máquinas tras el día del Juicio Final, ha enviado al pasado para asesinarlo. Pero el futuro Connor envía un T-800 (Schwarzenegger) reprogramado para protegerse a sí mismo. Sarah, John y su nuevo aliado intentan escapar del T-1000 y evitar a toda costa el día del Juicio Final.
Recuerdos imborrables “Tenía 17 años y recién había llegado a Estados Unidos cuando se estrenó T2”, cuenta Christian Bale. “Recuerdo la expectación en el cine, jamás había visto nada semejante. Durante toda la película no podías escuchar nada porque todo el mundo estaba gritando”.
El director Jonathan Mostow cerró la primera trilogía en el año 2003 con Terminator 3: la rebelión de las máquinas, en la que el terrible evento que Connor (ahora con las facciones de Nick Stahl) y su madre trataban de prevenir, el Juicio Final, es inevitable y la guerra nuclear estalla en el mundo bajo el comando de Skynet.
Nueva vuelta de tuerca En Terminator Salvation, tras ver el montaje de los efectos especiales Christian Bale tuvo claro, como apunta con una sonrisa irónica, que “nosotros fuimos al rodaje pensando que eramos los protagonistas, pero eso no es cierto en lo más mínimo. La gente no irá a vernos a nosotros. Tenemos que aportar nuestra historia, por supuesto, porque no importa cuán geniales sean los terminators y las explosiones. Si no hay una buena historia, ¿de qué sirve? Pero enfrentémonos a los hechos: los terminators son las verdaderas estrellas de la película. Y van a sorprender más allá de lo imaginable a todo el mundo”.
En Terminator Salvation, dirigida por McG (así firma sus trabajos el director de las dos entregas de Los ángeles de Charlie, Joseph McGinty Nichol), Bale comparte protagonismo con Sam Worthington y Bryce Dallas Howard, pero los productores de la cinta guardaron también una pequeña sorpresa: la aparición estelar de Arnold Schwarzenegger, quien hace seis años se retiró prácticametne del cine con la tercera y para algunos, decepcionante entrega.
¡Volveré! Cara de palo (y de pocos amigos), gafas de sol robadas al prójimo y ciertas intenciones aviesas. ¡Volveré!, dijo el cyborg (interpretado por Schwarzenegger en 1984), en una apacible comisaría de policía, donde poco segundos después se instaló el caos. Esa escena, esa promesa de retorno del robot asesino de TheTerminator, fue el primer punto de inflexión que impuso esta franquicia del cine sci-fi. Siete años después, vendría la revolución, no tanto por la historia, como por unos efectos especiales que metieron de lleno el diseño SGI (esto es, por ordenador), en el libreto de Cómo hacer una buena peli de acción. Los genios de ILM y del estudio de Stan Winston pusieron de su parte para marcar el siguiente hito en la evolución de los F/X y del espectáculo hecho cine.
La historia funcionó en taquilla y Cameron dejó la senda abierta para que otros (como Spielberg y sus dinosaurios), completaran la faena. Pero más allá de los meros artificios, la saga Terminator engancha porque tiene elementos para ello: a la gente siempre le han interesado los viajes en el tiempo y los apocalipsis ya sean causados por los efectos del clima, por un meteorito gigantesco, por robots asesinos enviados del futuro o por el mismísimo Mefistófeles. Sea como sea, todo esto adobado con mucha acción y personajes chulos, hace de una saga como la de Terminator, un juguete goloso con el que seguir haciendo caja. Lástima que en la tercera parte, se notara en demasía que no estaba Cameron al mando (Jonathan Mostow no estuvo a la altura), y que Arnie pensaba más en la política que en ser vapuleado por una neumática Terminatrix. En esta tercera parte, por no funcionar, no funcionó ni el resto del reparto, en el que, lamentable error, no se encontraba una Linda Hamilton, que ya en la segunda parte daba más miedo incluso que los cyborgs asesinos.
Sayonara, baby... ...aunque mola más en versión original, cuando el vetusto T-800 dice en perfecto español “Hasta la vista, baby”, antes de hacer añicos a un acristalado y congelado T-1000.
Queda ahora por comprobar si el responsable de las infumables nuevas ángeles de Charlie es capaz de homenajear el legado de Cameron, que a pesar de estar alejado de la saga, algo habrá tenido que ver en esta última entrega. El protagonista de su último filme (Avatar), es el que le da la réplica a Bale en ésta.
Ya lo decía Paul Muni, el Scarface de Howard Hawks en 1932: “Vosotros necesitáis gente como yo, a la que poder apuntar con vuestros jodidos dedos para decir: Ese es el mal.” Es lo que tiene ser “el malo”, el reverso tenebroso de lo que somos pero que está ahí. Por eso quizá, porque lo tenemos cerca, porque lo vivimos a diario aunque no lo toquemos, nos gustan tanto los personajes de malo.
Los malvados de la literatura y en especial del cine dan rienda suelta a lo que nosotros no podemos (bueno, sí podemos, lo que pasa es que no lo hacemos), hacer. Por aquello de que nos seduce lo prohibido nos encanta el personaje renacentista de Hannibal Lecter, o la maldad versión Lado Oscuro de Darth Vader o el sadismo nazi del Amon Goeth practicando el tiro al judío e interpretado en La lista de Schindler por Raph Fiennes.
Pero indudablemente, los malos necesitan a su némesis, al bueno al que fastidiar y que indudablemente, debe enfrentarse a la encarnación del mal. Buenos contra malos. Casi siempre ganan los primeros, pero... lo bien que lo pasamos con los segundos, ¿no?
Empecemos a hablar de buenos del cine y de la tele. Y pensemos en listas que de vez en cuando se hacen. James Bond del lado de los buenos y la Malvada Bruja del Oeste de la película El mago de Oz del lado de los malos. Estos dos personajes son el héroe y la villana, respectivamente, más cool de la historia del cine según una lista elaborada por Entertainment Weekly.
El primero fue Sean Connery, que hizo del personaje lo que ahora es en el Séptimo Arte, y el último, que está causando sensación, es Daniel Craig. Por el camino quedan actores como Roger Moore, Timothy Dalton, Pierce Brosnan y el desconocido y efímero (sólo una película del espía más famoso al Servicio de su Graciosa Majestad), George Lazenby. Todos ellos han contribuido a hacer del agente 007 el héroe más glamouroso y elegante de la historia del cine.
Bond está por delante del arqueólogo más intrépido del celuloide, Indiana Jones, y del hombre más poderoso del Universo, Superman. El cuarto lugar de la lista de EW es para el hipertaquillero niño mago Harry Potter, al que siguen la teniente Ripley, Sigourney Weaver en la saga de Alien, Bruce Willis (John Mclane) en La jungla de cristal y Han Solo, Harrison Ford en Star Wars.
En la lista también aparecen estrellas de la pequeña pantalla, como Sarah Michelle Gellar (Buffy cazavampiros), o Kiefer Sutherland y su aguerrido y prácticamente indestructible Jack Bauer de la serie 24. En este top 20 de los héroes más molones también hay sitio para los superhéroes (Spiderman o Batman) y para auténticos mitos del celuloide como Clint Eastwood y su Harry el sucio o el inolvidable Gary Cooper de Solo ante el peligro.
Los malos de la función Por parte de los villanos la que ocupa las preferencias de los lectores de la revista estadounidense es la Malvada Bruja del Oeste, la mala malísima de El mago de Oz que, interpretada por Margaret Hamilton intentaba aguarle la fiesta a Judy Garland. Completan el pódium de los villanos otros dos clásicos en estas listas: Darth Vader de Star Wars y el caníbal elitista Hannibal Lecter presente en El silencio de los corderos y dos de sus secuelas. En cuarto lugar queda el Joker, seguido de Alex DeLarge, Malcom McDowell en La naranja mecánica, y del malo de Los Simpsons, Montgomery Burns.
La femme fatale a la que dio vida Sharon Stone en Instinto Básico (su personaje se llamaba Catherine Trammel), también está en una lista en la que aparece el Voldemort interpretado por Ralph Fiennes (de la saga Harry Potter), Drácula, J.R. de Dallas, La madrastra de Blancanieves, los asesinos en serie de Psicosis y Halloween (Norman Bates y Michael Myers, respectivamente), y el perturbado Jack Nicholson en El resplandor, filme dirigido por Stanley Kubrick.
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Un acercamiento muy personal al Séptimo Arte, una visión que es una más, sólo eso, ni mejor ni peor. Sobre gustos no hay nada escrito, y todo depende del cristal con que se mira. El cinéfago expone y tú opinas.